Historias de Mujeres

LA GRAN MENTIRA – Un cuento de Ariadna Caussade

Era temprano, cercano a las siete. Ana se había levantado despacio, se preparó un té, y trató de despertarse a la fuerza. No había otra opción.  Parecía que la vida le pesaba. ¡Hoy estaba tan cansada! En ocasiones, se repetía que no era bueno decir a cada rato lo agotada que estaba, pero su cuerpo y su energía denotaban lo contrario.

Se dirigió al baño y cuando levantó la cabeza frente al espejo vio una notita en un pedazo de papel, “no vengo a cenar”. Solo eso. Como siempre Jorge, su marido  se había ido más temprano y ¡quien sabe cuando lo vería!

Los dos trabajaban en la salud. Eran enfermeros de un hospital público y una mutualista.

Hacía muchos años que estaban casados, pero tenían un hijo pequeño, Matías, de cinco años. Los problemas de esterilidad de Ana, que ahora ya tenía cuarenta y tres años, habían postergado su maternidad contra su voluntad.

Jorge, que tenía cuarenta y cinco años,  trabajaba muchas horas para poder cubrir los gastos de la casa y de los tratamientos de fertilidad de Ana, que aún estaban pagando.

Se habían casado muy entusiasmados, cuando apenas pasaban los veinte. Habían estudiado juntos y comenzaron una vida de sacrificios, pero llena de proyectos, entre los que estaba la casa propia y muchos, muchos hijos.

Después de diez años de búsqueda espontánea, vieron que los hijos, en su caso, iban a ser un problema con magras soluciones que, siempre pasaban por lo económico. Habían sido tiempos muy difíciles, muy desgastantes.

Pero hacía días que a Ana le rondaba una idea por la cabeza. Era muy dura, y eso la aterraba. Se había dado cuenta que tal vez, por el ritmo de vida o por la rutina en la que estaban involucrados, ya no amaba más a Jorge. Era solo cariño, casi de amigos lo que ella sentía por él. ¿Pero cómo podía haber pasado esto? Creíamos que lo nuestro iba ser para siempre, ¡y después de Matías,  todo parecía perfecto!

Lo paradójico era que Jorge sentía lo mismoCada día, cuando se levantaba y miraba a Ana, durmiendo, la miraba con mucha ternura, pero no era el amor que otrora había sentido por ella. En los últimos tiempos, inclusive, estaba empezando a sentir culpa ya que, le estaban pasando cosas fuertes con Marisa, su compañera de trabajo en el Hospital. Trabajaban y compartían muchas horas juntos y eso, los estaba uniendo cada día más.

Para Ana, el tema era más simple y lo único que quería era vivir sola con Matías. Sentirse cómoda y libre.

Una tarde, Ana llamó a Jorge, en mitad de la tarde. Jorge quedó sorprendido, ya que no solían hablarse ni comunicarse durante todo el día. Solo se veían de noche, y a veces, para cenar.

Ella le comunicó que había llegado el momento en que debían hablar algo muy importante para los dos, como pareja. Que no podían dilatarlo más, por el bien de ambos.

Jorge sintió un escalofrío y presintió que el momento más duro de la pareja, estaba por llegar. Le pareció bien, y confirmaron que a la noche coincidirían para tener un espacio y así, poder hablar.

Ana pasó todo el día nerviosa, esto le dolía, eran muchos años juntos, muchos sacrificios y proyectos que parecían haberse esfumado.

Jorge tenía una profunda pena, y comenzaba a sentir culpa de antemano.

El día transcurrió trabajando fuerte para los dos. Ana llegó antes a casa y  levantó a Matías de la escuela. Preparó la cena, la misma que a Jorge le gustaba, a modo de despedida. Bañó a Matías, le dio de comer y lo acostó.

También se dio una larga ducha, de esas que parecen borrar los problemas, al menos mientras se está debajo del agua. Se dirigió al cuarto de Matías y comprobó que el niño dormía. Se puso un vestido liviano y cómodo. Se perfumó para sentirse mejor ella misma, y simplemente lo esperó.

Jorge llegó cansado, pero sobre todo ansioso. La saludó con un beso en la mejilla, como siempre en los últimos tiempos. Ya había quedado atrás el tiempo del beso amoroso en los labios.

Se bañó, se puso cómodo y sintió que el aire era tan denso, que se podía cortar con un cuchillo.

Se sentaron a la mesa y Ana estaba nerviosa, con las manos sudorosas y la garganta seca. Sentía unas palpitaciones tan fuertes, que pensó que Jorge las iba a escuchar. Entonces el, viendo la angustia de su compañera de toda la vida la interrumpió:

-Ana, me imagino que me vas a decir, calma, creo que los dos pensamos lo mismo.

-¿Te…parece? –dijo Ana, casi tartamudeando.

En ese momento Matías se levantó en silencio y apareció entre ellos como una tromba para sorprenderlos.

-¡Papito,  papi, abrazo! ¡Te extrañaba, llegaste más temprano! ¿sabías que te quiero hasta el cielo?¿hasta donde me querés vos?

Jorge lo abrazó y sus ojos se llenaron de lágrimas.

-¡Acá está papá, también te quiero mi amor! ¡Y mas lejos, hasta el infinito! ¡Pero ahora hay que  acostarse, es muy tarde y mañana hay que ir a la escuela!

-Pero me acuesto si me llevás vos papi. ¡No te veo nunca!

Lo llevó a la cama, lo acostó y acurrucó hasta que se durmió.

Volvió al comedor, donde Ana nerviosa, lo esperaba.

Se miraron y Jorge, tomando fuerzas, con vos temblorosa intentó hablar.  Su voz se cortaba, quedando casi mudo, pensaba en tantas cosas juntas, Ana, Matías, Marisa.

-Ana, yo….yo….te amo.

Ana, sintió que su mundo se derrumbaba, y las piernas se le aflojaban.

-Jorge,……..y con un nudo en la garganta que la ahogaba,  balbuceó: Yo también.

Se miraron, sabiendo que eso era una gran mentira, se dieron un abrazo apenas amistoso, y se fueron a dormir.

Cada uno para su lado.

Ariadna Caussade nació en Uruguay, es  ginecóloga  y desde hace unos años se ha dedicado a escribir. Ha publicado varios cuentos y actualmente está escribiendo una novela. 

 

mis medias transgresoras

MIS MEDIAS TRANSGRESORAS - Por Cristina Canoura

Soy uruguaya, periodista y madre de dos mujeres; hoy tengo 65 años. Mi ruptura de reglas fue hace unos 19 años y tiene que ver con los mandatos y expectativas sociales de este país sureño en el que nací y crecí respecto a la mujer que pasa los 40.

Aunque está cambiando, esa edad ha sido siempre un límite invisible que marca qué puede y qué no puede vestir alguien que aspira a no ser tildada de “puta”, “vieja reblandecida” o “aspirante a pendeja”.

Pues bien, ya bien pasados mis 40, el que por entonces era mi marido —vaya a saber con qué fantasía— me trajo de regalo de un viaje al exterior un bellísimo par de medias negras con tulipanes estampados a lo largo de toda la pierna.

Me enamoré de ellas, aunque no me animaba a ponérmelas. Hacerlo significaba acortar mis faldas para que se lucieran y salir a la calle dispuesta a ser blanco de las miradas nada discretas de hombres y mujeres.

Un día, respiré hondo, tomé coraje y me fui con ellas a una fiesta aniversario del periódico feminista “La República de las mujeres”. Había tanta gente que seguramente nadie reparó en mis medias. Debo confesar que mi abrigo era lo suficientemente largo como para disimularlas.

Otro día —tal vez de esos en que una necesita ser mirada— me las puse y salí a la calle. Me dijeron alguna estupidez salida de boca masculina y, para mi sorpresa, quienes clavaban los ojos en mis miembros inferiores eran mis congéneres.

A las de tulipanes siguieron otras de flores de colores fluorescentes naranjas, verdes, azules. Y me las puse, ya sin miedo. Vinieron a mi guardarropa poco a poco las escocesas, las rayadas multicolores, las blancas y negras caladas, todas únicas y distintivas.

Con el tiempo, logré quebrar la regla de grisura y la pacatería y pasé a ser conocida y reconocida por mis medias transgresoras.
Hoy, en una curiosa percha para medias, atesoro más de 20 pares que comienzan a salir del armario apenas se anuncia el invierno.
Han llegado en su mayoría de la mano de mis amigas que viajan y que me recuerdan a la distancia por esta quasi adicción de veterana, más cerca de la placidez propia de una abuela que de la agitación de una joven en plena conquista.

Ya no me importa que me miren y comenten. Muchas mujeres se han animado a preguntarme en la calle dónde las compro y he descubierto, llena de orgullo, que algún par que otro han salido del escondite de mi dormitorio para distinguir las piernas de una bella mujer de 30 años llamada María, mi primogénita.

Cristina Canoura es maestra y periodista especializada en Salud. Ha publicado varios libros, entre ellos “Hiperconectados”, “Los Invencibles” y “Quién es es esa mujer”.

 

 

Written by on feb 15,2012 in: |

2 comentarios »

  • Magda dice:

    Sí, bravo por las medias con tulipanes, girasoles, rombos, etc! Viví muchos años en el extranjero, dónde me ponía sin niguna verguenza, medias llenas de colores, zapatos y botines rojos entre otras prendas divertidas.
    Las usaba encantada.
    Lamentablemente, cuando venía de vacaciones y más ahora que me instalé nuevamente en mi país, Uruguay, cansada de la mirada y comentarios de la gente, quedaron olvidados en el ropero.
    Al leer esta historia me han dado ganas de sacarlos ya! Al diablo aquellos a los(las) que les molesten los tulipanes y los botines rojos.

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