ago
04
2013

Mi vida está vacía: no tengo Whatsapp

Ayer cogí el bus para volver a casa.  Al otro lado, en un espacio para 4 (dos de cara y dos de frente), tres mujeres y un hombre de unos 40 años, móvil en mano, no paraban de enviarse mensajes y reír a carcajadas. Escribía una de ellas y se partían. Contestaba la otra, y la otra y el otro y ya era un multiorgasmo de la risa. No se cruzaban una sola palabra. Como máximo un “¡ala!” o un “¿a sí?”. Yo, infeliz, me dediqué sólo a hablar con mi amigo y a mirar por la ventana. Vimos que el Palacio de Pedralbes ya había cerrado sus puertas y sus jardines estaban preciosos. Sudábamos sólo contando a las innumerables personas que aprovechaban para correr por la Diagonal. O patinar. En las paradas de bus había gente con maletas para viajar vete a saber dónde. El sol ya estaba cayendo y se recortaba la silueta de Sant Pere Mártir sobre un fondo rojo. Del parque Cervantes salía un grupito con toda la pinta de haber hecho picnic. Al girar la curva un coro de Godspel de 1.000 personas nos hizo la ola al ritmo de su música mientras un grupo de ratones bailaba la Macarena. Esto último me lo he inventado. Pero si hubiera pasado, que puede ser, yo, lo habría visto. Estoy triste porque veo todo lo que me pierdo por no tener whatsapp…

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